…Aún tengo mis ojos
cerrados, pero él sigue buscando la manera de que lo mire. Esta tan cerca que
puedo sentir la delicia de su aliento en mis mejillas, así que no puedo evitar sonreír. Besa suavemente detrás de mí oreja y
traza una línea con su lengua que baja hasta mi pecho. Su mano baja lentamente
por mi cintura y juega con el dobladillo de mi camiseta. Suelto un pequeño grito
cuando su otra mano desciende por mí entre pierna. Escucho como se ríe y abro
repentinamente los ojos. La oscuridad nos consume, pero alcanzo ver el destello
en sus ojos, la sonrisa que aun lleva en sus labios y su pelo despeinado.
Hostia, que es embriagador verlo así, solo quiero sentarme en su cara para que sonría
de verdad. Opto por seguirle el juego, así que me quito mi camisa, dejándome el
sujetador y las bragas. Siento su mirada
recorriendo cada milímetro de mi cuerpo y al ver que se aproxima hacia mí, me
levanto. Sin dejar de mirarlo, me coloco en el otro extremo de la cama, alejada
pero justo frente de él. Cierro mis ojos nuevamente, y pienso en aquel día en
el cual tenía mis pezones en su boca, lamiéndolos y tirando de ellos fuertemente.
El mismo el cual gimió mi nombre en todos los tonos cuando no paraba de chupárselo
lentamente. El sonido de un suspiro me trae a la realidad y veo que está un
poco más cerca. Lo examino y lo veo observando mis manos en mi entrepierna,
esta tan excitado que ya la tiene dura. Con un hilo de voz me pide que me
toque, le sonrió y le digo que se aparte. Cuando está ligeramente lejos abro
las piernas de par a par y me quito mis bragas. Mis dedos viajan por mis muslos
hasta llegar a mi clítoris, puedo sentir lo húmeda que estoy. Acaricio
suavemente el área mientras lo miro fijamente, arqueo la espalda y me recuesto
para que de donde está, me pueda ver mejor. Con la otra mano me quito el
sujetador y me acaricio los pezones con la misma delicadeza con la que él lo haría.
Lo escucho gemir y yo gimo a su vez, si hay algo que me produce placer sin duda
es escucharlo gemir. Entro y saco algunos dedos mientras mis caderas forman un vaivén
al conjunto de mis dedos. Sollozos salen de mi boca, seguido de su nombre;
quiero que me toque el, que me acaricie lentamente y termine con su lengua en
mi clítoris. No consigo llamarlo, mis piernas comienzan a tensarse y se me
nubla la vida. No sé cuánto ha pasado desde que tuve el orgasmo, el sudor corre
por mi pecho y mi rostro. Intento incorporarme, pero siento sus brazos rodeándome
la cintura. ¿Me habré quedado dormida? Está completamente desnudo tumbado junto
a mí, durmiendo tranquilamente. No puedo evitar sonreír, porque aunque no me
haya tocado sé que ha disfrutado casi tanto como yo.
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